
¿Recuerdas la última vez que discutiste sobre fútbol, política o religión con alguien que “nunca” te dio la razón? Esa sensación de que el otro simplemente no podía tener la razón, sin importar el argumento, es la primera señal de que algo se ha desbordado dentro de nosotros.
La pasión es, en su estado más puro, lo que le da color y movimiento a la vida. Es lo que nos impulsa a defender una causa, a vibrar en las gradas de un estadio o a entregarnos por completo a una fe. Pero existe una línea invisible. Es fácil de cruzar sin darnos cuenta. Y del otro lado de esa línea, la convicción se convierte en fanatismo.
Psicológicamente, el fanatismo no es algo que solo les pasa a grupos radicales. Es un “apego exagerado” e irracional que puede atrapar a cualquiera bajo la excusa del entusiasmo. La palabra viene del latín fanaticus, que describe a alguien dominado por un entusiasmo sin control. Es el momento en que el río de nuestras emociones —que debería fluir por el cauce de la razón— crece y se desborda, arrasando todo a su paso. La pregunta no es si somos apasionados, sino en qué momento nuestra pasión deja de ser una elección para convertirse en nuestra celda.
El síntoma más engañoso del fanático es que va perdiendo, poco a poco, su capacidad de pensar con claridad. En este estado, la persona pierde el sentido de “ubicación”: ya no puede ver la realidad con calma ni con medida.
Incluso las mentes más brillantes pueden caer en esta trampa de solo creer lo que quieren creer. Un ejemplo muy conocido es el del empresario Jorge Vergara. En 2002, cegado por el entusiasmo de su nueva adquisición —las Chivas del Guadalajara—, dijo con total seguridad que en pocos años serían “el mejor equipo del mundo”. Décadas después, la realidad fue mucho más modesta. Esta historia es un buen ejemplo de cómo la pasión desbordada nos quita la capacidad de pensar con calma.
Cuando el fanatismo se instala, el diálogo muere. El “otro” deja de ser alguien con quien vale la pena hablar y se convierte en un ignorante o un enemigo. Se rechaza cualquier dato que contradiga lo que ya creemos, y así se forma una burbuja donde solo se escucha lo que queremos oír, dejando que una sola idea controle nuestra voluntad. Como bien se ha dicho: “Para el fanático, su afición a algo o a alguien ocupa el lugar central en su vida, y todo lo demás se vuelve secundario”.
El fanatismo no es solo una forma de pensar sin consecuencias. Es algo que hiere y destruye a las familias y a la sociedad. Cuando la pasión pierde sus límites, el resultado suele ser la tragedia y la costumbre de culpar a otros.
Andrés Escobar era un futbolista colombiano con una carrera prometedora. Un error en el campo —un autogol en el Mundial de 1994— bastó para que le quitaran la vida a balazos. No fue el fútbol lo que le costó la vida; fue el odio de quienes no supieron separar un partido de la vida de una persona.
Algo similar, aunque menos conocido, le pasó a José Eduardo Ramírez, un joven de apenas 16 años asesinado en una pelea de barrio en Guadalajara. Su único “delito” fue llevar los colores equivocados frente a la gente equivocada.
Y está el caso de Marcelo Morales, un joven policía argentino que, tras la derrota de Boca Juniors en la final de la Copa Libertadores, se quitó la vida. Su madre, en medio de un dolor profundo, llegó a culpar al club. Ese gesto muestra muy bien cómo el fanatismo nos hace culpar a otros en lugar de reconocer el desequilibrio interior que en verdad causó la tragedia.
Ante estos hechos, la conclusión es clara: no fue el deporte ni los colores lo que mató a estas personas. Fue el exceso de emociones sin control. La pasión, sin el freno de la razón, es un río crecido que solo deja destrucción a su paso.
Quizás la forma más grave de esta ceguera ocurre en lo espiritual. El fanatismo religioso surge cuando la doctrina o el líder importan más que el amor y la misericordia. Es la misma actitud cerrada que excluye a los demás que Jesús vio en los fariseos: hombres que sabían mucho, pero cuya rigidez los volvió hipócritas y de corazón duro, poniendo las reglas antes que la justicia.
Esto se nota cuando alguien se siente espiritualmente mejor que otros y ataca a la persona en lugar de responder a su argumento. Es lo que vemos en Lucas 9, cuando los discípulos intentan prohibir a otros hacer el bien solo porque “no siguen con nosotros”. Ahí no defendían la verdad; defendían a su grupo.
Por eso es una contradicción defender una fe “ciega” cuando el verdadero camino espiritual se propone como algo racional (Romanos 12), es decir, una fe que piensa, que examina y que entiende por qué cree lo que cree, en lugar de solo obedecer sin cuestionar nada. La fe no es lanzarse al vacío sin entender nada, sino una convicción basada en el entendimiento. Como se ha dicho con razón: “El ciego sabe que no ve, y el fanático piensa que ve, pero está ciego”.
La verdadera libertad no es hacer lo que se nos antoje con cualquier pasión extrema —deportiva, política o de otro tipo—. La libertad es, en el fondo, saber controlarnos. Según lo que enseñó el apóstol Pablo en 1 Corintios 6:12, la madurez está en entender que, aunque tenemos derecho a disfrutar de varias aficiones, no podemos dejar que ninguna nos esclavice.
Una vida equilibrada permite disfrutar de un partido de fútbol o de una causa ambiental sin que esto se convierta en algo que le quite el lugar a lo más importante: la fe, la familia y el respeto. La diferencia entre un “discípulo” y un “fanático” está en poder decir: “Esto me gusta, pero no dejaré que me domine”. No conviene descuidar a la familia ni poner en riesgo el futuro por un entusiasmo pasajero.
El fanatismo, en cualquiera de sus formas, termina quitándonos lo humano. Convierte el entusiasmo —que debería darnos vida— en una fuerza que divide a la sociedad y rompe lazos importantes. El problema nunca es la pasión en sí, sino la falta de una razón que le dé sentido.
La madurez nos invita a recuperar la calma y la claridad. La verdadera espiritualidad y la salud mental coinciden en algo: ejercer una voluntad que no se rinde ante los excesos. Piénsalo la próxima vez que discutas en el trabajo, defiendas a tu equipo, tu postura política o incluso tu iglesia con alguien que piensa distinto.
¿Es tu pasión algo que te libera para amar y comprender a los demás, o es una barrera que te impide escucharlos?